El Antropólogo e Investigador del Centro INAH Sonora, Alejandro Aguilar Zeleny y la Artista Independiente Alejandra Platt invitan a la Exposición de fotografía testimonial de grupos originarios a desarrollarse en el Colegio de Sonora, platican también sobre el libro El mensaje de las rocas, pinturas rupestres en la región pima.
Nota: Basado en un analisis de la IA sobre la trascripción del vídeo.
La conversación abre con la presentación de Alejandra Platt y Alejandro Aguilar, invitados en un espacio dedicado a Misión Cátari, asociación civil orientada a la divulgación y al fortalecimiento de la cultura y la espiritualidad de los pueblos originarios.
Los conductores celebran su presencia y subrayan que ambos participan de manera constante en proyectos vinculados con la memoria cultural, la investigación y la difusión de las comunidades indígenas de Sonora.
Alejandro recuerda su largo vínculo profesional y humano con Alejandra Platt. Evoca los años noventa, cuando comenzaron a recorrer comunidades originarias con cámaras analógicas y una paciencia casi artesanal, propia de una época en la que la fotografía exigía espera, precisión y oficio.
Describe a Platt como una fotógrafa de mirada rigurosa, entregada al blanco y negro, capaz de convertir la imagen en memoria. Señala que ese trayecto compartido encuentra ahora una nueva forma de celebración en la exposición inaugurada en el Colegio de Sonora y en la conversación pública dedicada a la fotografía testimonial.
Alejandra explica que la fotografía testimonial surge de un trabajo previo de documentación y diálogo con investigadores, instituciones y especialistas. No se trata de capturar escenas complacientes ni de buscar la pose, sino de construir un testimonio visual arraigado en el conocimiento del contexto y en la cercanía con las personas retratadas.
Precisa que este proyecto estuvo integrado por retratos tomados en los espacios cotidianos de las comunidades: la casa, la cocina, el ámbito familiar, la convivencia diaria. Su interés era registrar a las personas en su propia verdad, no en una imagen fabricada para la cámara.
Recuerda además que, en 1994, llegar a muchas de esas localidades suponía una travesía difícil. Hacían falta largos desplazamientos, acompañamiento local y tiempo suficiente para ser recibida, orientada y finalmente admitida en un entorno que solo se revelaba a quienes llegaban con respeto.
Los conductores observan que esa forma de entender la fotografía se aparta de la mirada habitual, centrada en la apariencia o en el mejor ángulo. En las imágenes de Platt, afirman, lo decisivo es la realidad del instante y la densidad humana que se deposita en cada escena.
Al revisar las fotografías, reconocen no solo rostros y lugares, sino también una atmósfera ya transformada por el tiempo: momentos de sosiego, viviendas desaparecidas y modos de vida que hoy solo persisten en la memoria o en el archivo.
Platt insiste en que el centro de su trabajo es el momento compartido: la conversación, el café, la comida ofrecida, la hospitalidad del espacio doméstico, la transmisión de la cultura y de un saber profundo sobre el mundo natural.
Para ella, la fotografía testimonial nace justamente de esa cercanía. La cámara registra una presencia, pero también una relación: la posibilidad de permanecer el tiempo necesario para que la imagen sea consecuencia de la convivencia y no de la interrupción.
Desde la entrevista se plantea entonces una pregunta de fondo: cuál es la trascendencia, desde la antropología, de documentar la historia y la cultura de los pueblos originarios.
Alejandro responde que se trata de una tarea esencial. Estas fotografías conservan la memoria de sociedades que han permanecido durante siglos en el mismo territorio y cuyos rostros, linajes, casas y prácticas cotidianas permiten comprender la continuidad de una historia profunda.
Señala que dejar entrar la cámara al interior de la vivienda, a la cocina o a la mesa familiar equivale a preservar algo más que una escena: significa resguardar una forma de vida. Cada imagen contiene una construcción de la mirada y un acto de atención que vuelve visible aquello que, de otro modo, podría desaparecer sin rastro.
Menciona el caso de don Asencio Palma, líder espiritual de los Tohono O’odham, y recuerda la subida a Shuk Toak, en El Pinacate, sitio sagrado al que fueron guiados por él. Para Alejandro, imágenes como esas ayudan a entender lo que los pueblos expresan cuando afirman que llegaron primero y que el territorio posee un carácter sagrado.
Con el paso de los años, añade, algunos de esos lugares se han transformado o incluso han sido arrebatados a sus habitantes. En ese contexto, la fotografía adquiere un valor estético, artístico, histórico, cultural e incluso jurídico, porque ofrece evidencia de una presencia antigua y persistente.
También se refiere al libro El mensaje de las rocas, resultado de múltiples viajes por territorio pima y de una investigación colectiva orientada al registro de símbolos en cuevas y formaciones rocosas. En ese proyecto participaron fotógrafos, antropólogos, integrantes de las comunidades y otros colaboradores.
Destaca que Alejandra Platt figura como coautora y explica que, en ciertos momentos, decidieron privilegiar el carácter colectivo del trabajo por encima de la atribución individual de las imágenes. De ese modo, la fotografía se entendió no solo como una obra personal, sino como una herramienta compartida de memoria e investigación.
Añade que el tiempo del antropólogo y el tiempo del fotógrafo no siempre son los mismos; sin embargo, en esa diferencia encontraron una ruta común para documentar el territorio y sus significados.
Los conductores subrayan que cada imagen exige una observación detenida, porque todo detalle habla: el paisaje, la arquitectura, los cercos, la disposición de los objetos, la ropa, la gestualidad y las huellas del momento histórico. A partir de esos indicios, preguntan a Alejandra cómo sería regresar hoy a esos mismos lugares para confrontar el pasado con el presente.
Alejandra responde que sí volvió a algunas comunidades años después. Regresó una década más tarde y realizó también recorridos en 2005 entre yaquis, mayos y pimas, aunque desde entonces no ha vuelto a emprender ese camino.
La posibilidad de regresar otra vez aparece como una invitación abierta: reencontrar los lugares, descubrir qué permanece y qué se ha desvanecido. Muchos de los protagonistas de aquellas fotografías hoy serían madres, abuelas o figuras ya ausentes, y esa distancia temporal vuelve aún más valioso el archivo.
Reconoce que varios de esos rostros todavía son identificables para quienes conocen las comunidades, mientras que otros pertenecen ya a una memoria que se vuelve más frágil con el tiempo.
Se confirma entonces que la exposición reúne parte de ese material y se pregunta por su montaje actual.
Platt informa que la muestra se presenta en el Colegio de Sonora y está integrada por trece fotografías en blanco y negro, impresas en formato de un metro por un metro. Expresa su deseo de que el público la visite, no solo por el valor estético de las piezas, sino por el encuentro que proponen con los pueblos retratados.
La conducción retoma la invitación y menciona además una lectura de poesía fronteriza programada en el mismo recinto. Antes de cerrar, vuelve sobre una idea central de la conversación: la fotografía permite comunicar que los pueblos originarios habitaban esos territorios antes que la sociedad dominante y que, por ello, esos espacios merecen respeto.
Alejandro amplía esa reflexión y señala que la defensa del territorio no responde a una visión excluyente. En la concepción de muchos pueblos originarios, dice, el cuidado de la tierra y del agua pertenece también al porvenir de todos; es una forma de pensar el mundo como herencia compartida.
Agrega que sería una tarea larga, pero necesaria, intentar devolver nombre e identidad a tantos rostros registrados en las fotografías, pues cada uno representa una vida, una familia y una historia singular. Esa dimensión humana vuelve todavía más profunda la labor documental.
La conversación concluye con un reconocimiento al trabajo de ambos invitados: a su disciplina, a su sensibilidad y al hecho de compartir públicamente una memoria visual que ayuda a comprender mejor la historia viva de los pueblos originarios de Sonora.
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